Grover Pango Vildoso

La autoestima con las luces apagadas

Viernes 10 de Febrero de 2012 17:59

Les ofrezco un relato que puede no ser nada novedoso, parecer un refrito, una simple comprobación de algo que ya sabemos y que –tal vez- no tenga remedio.
Se trata de una joven familia, realmente existente, compuesta por Jaime, su esposa y dos niños, una mujercita que va por los 12 años y el niñito aún en brazos. Un policía motorizado los detiene cuando se dirigen en su auto un día domingo a una playa del sur. Solicita los documentos –que están en regla- y anuncia que Jaime ha cometido la infracción de no llevar encendidas las luces que, como debemos saber, es una obligación cuando se está en carretera. Y anuncia que le aplicará la multa de 288 soles.
Jaime se disculpa, argumenta que no sabía que era obligatorio y promete que jamás volverá a olvidarse. El policía le reitera que ha cometido una falta grave y que la multa es de 288 soles. Jaime retorna a sus promesas y el policía a sus reconvenciones por dos veces más pero Jaime, que sabe cómo podría salvarse de la multa, se ha empecinado en no ofrecer nada.
Finalmente, en vista de la timidez del infractor, el policía le dice que pueden “ayudarse mutuamente”. Jaime demuestra que tiene muy poca curiosidad, no pregunta cómo y persiste en disculparse con más ofrecimientos de que será la última vez. El policía comprueba que Jaime es realmente un tonto y le dice, con toda claridad, que todo queda arreglado por 40 soles.
Ahora Jaime alega que no tiene dinero, que apenas tiene para el peaje y que todo lo paga con su tarjeta de débito. Calmado, el policía ahora trata cariñosamente al infractor como Jaimito, recordándole que puede evitarse el pago de 288 soles por el módico desembolso inmediato de 40. Entonces Jaime juega la carta que podría acarrearle el desenlace fatal de pagar la multa que realmente merece: rebusca en su bolsillo el poco sencillo que tiene como argumento de su circunstancial y triste inopia. Y muestra que sólo tiene 1.50 soles.
Con lo que no contaba Jaime era que el policía, no ofendido pero sí impaciente, coge el magro botín, devuelve los documentos y con rápidos gestos señala que siga su camino. Ha terminado el incidente, un sol cincuenta es sólo lo que cuesta un helado y la familia de Jaime sigue su viaje con las luces encendidas. El hecho apenas sólo será pronto una anécdota y tal vez una sonrisa medio amarga.
Pero no. Mejor es no borrar algo así rápidamente, porque hay algunas cosas que cavilar tras la triste coima de aquel día.
Primero: Hasta en el monto de lo “recaudado” está la evidencia de lo que ese pobre hombre “puede valer”. Debe ser desolador que un individuo, ya vencido por la incapacidad de ser honesto, renuncie a la posibilidad de ponerle límite a su defecto. Segundo: Desbarrancado en su deterioro, se olvida que no sólo estaba tratando con Jaime, sino que de todo esto eran testigos la señora y la hijita mayor de Jaime.
En especial sobre esta última, ¿qué pensará de los policías ahora? ¿qué contará en el colegio donde, tal vez, tenga por compañera a la hija de un policía?  Tercero: Seguramente este policía tendrá una familia. ¿Será capaz de reprender a sus hijos por alguna conducta incorrecta? ¿Podrá decirles que los seres humanos tienen “un valor”? ¿Se dará cuenta que él va por la vida con las luces apagadas?
Les ofrezco un relato que puede no ser nada novedoso, parecer un refrito, una simple comprobación de algo que ya sabemos y que –tal vez- no tenga remedio.
Se trata de una joven familia, realmente existente, compuesta por Jaime, su esposa y dos niños, una mujercita que va por los 12 años y el niñito aún en brazos. Un policía motorizado los detiene cuando se dirigen en su auto un día domingo a una playa del sur. Solicita los documentos –que están en regla- y anuncia que Jaime ha cometido la infracción de no llevar encendidas las luces que, como debemos saber, es una obligación cuando se está en carretera. Y anuncia que le aplicará la multa de 288 soles.

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Controversias sobre lecturas y comprensiones

Lunes 06 de Febrero de 2012 16:51

Durante mucho tiempo fue para mí indiscutible la observancia de los llamados “buenos hábitos de lectura” que, generalmente, coincidían con los requisitos de posición, orientación de la luz, un horario adecuado, capacidad de concentración, eliminación de elementos distractivos o perturbadores (ruidos o movimientos) y algunas técnicas de lectura comprensiva, incluyendo la velocidad. Eran los consejos que solíamos ofrecer los profesores a nuestros alumnos.
La primera conmoción que he sufrido sobre estas recomendaciones se produjo hace ya varios años en París, ciudad donde la gente lee bastante y en cualquier lugar. Allí pude ver que los pasajeros leían muy concentradamente en las posiciones más incómodas y entre los ruidos más diversos, en la calle, en el metro o en los trenes. Muchos de ellos eran, evidentemente, estudiantes.
Luego, ya en nuestro país también, se me fue haciendo frecuente conocer muchas personas que tenían esa extraordinaria habilidad. Me sigue pareciendo admirable esa capacidad de abstracción que consigue eliminar, mediante un efectivo acto de voluntad, cualquier asunto que interrumpa la sumersión en la lectura.
Siendo esto así pareciera entonces que, tal vez contradiciendo aquellos antiguos y recomendables buenos hábitos de lectura, hoy resulta conveniente entrenarse en medio de la adversidad de los factores. Habrá que hacer de lado las comodidades que antes se solicitaban, privilegiando algo que sí resulta irremplazable: la capacidad de concentración. Parece que ahora nuestros niños DEBEN poder leer en medio de la confusión y los ruidos.  No es que sea bueno, si no que es necesario. Y ya que no siempre es posible eliminar materialmente los elementos perturbadores, tendrá que ser la concentración personal profunda y rigurosa la que se encargue de eliminarlos.
Quedan abiertas las dudas respecto de la calidad de la comprensión de lo que se lee en estas condiciones. Si en nuestro país hubiera investigación para comparar en qué condiciones la lectura –y el estudio- son más eficaces, es casi seguro que los resultados serían mejores cuando las comodidades fueran mayores.
A ustedes también les debe haber pasado que, en un mercado, una feria o una galería, nos atienden chicas y chicos que, interrumpiendo la lectura de un libro o de unas copias, levantan la cabeza para preguntarnos en qué pueden atendernos. Al marcharnos, tornan a sus lecturas. No cabe duda que se tratan de estudiantes, seguramente de universidades o institutos que, entre venta y venta, aprovechan el tiempo para estudiar. No son esas las mejores condiciones, pero es lo que tienen a mano. Es el duro aprendizaje que proviene de la necesidad.
Escrito por el consejero Grover Pango
Durante mucho tiempo fue para mí indiscutible la observancia de los llamados “buenos hábitos de lectura” que, generalmente, coincidían con los requisitos de posición, orientación de la luz, un horario adecuado, capacidad de concentración, eliminación de elementos distractivos o perturbadores (ruidos o movimientos) y algunas técnicas de lectura comprensiva, incluyendo la velocidad. Eran los consejos que solíamos ofrecer los profesores a nuestros alumnos.

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Sería bueno en el 2012

Miércoles 01 de Febrero de 2012 17:14

En realidad creo que podríamos sentirnos bastante contentos si, en lo educativo, durante el año 2012 se llegaran a concretar los siguientes hechos:
Que al inicio del año escolar, lo más cercano al 100% DE ESTUDIANTES ESTÉ EN SUS AULAS y cuente desde el primer día con sus profesores. Garantizar esto no es nada fácil, pero será un gran avance intentarlo y registrarlo, de ser posible a nivel regional. También la infraestructura es parte del “éxito del primer día de clases” que se espera, pero no soy tan optimista respecto de la satisfacción en sus resultados.
Que siquiera un número igual de profesores ya inscritos (más de 50,000) haya ingresado a la CARRERA PÚBLICA MAGISTERIAL. Si bien es cierto está previsto que, en condiciones normales, se alcance una captación de 30,000 profesores a lo largo del año, cualquier esfuerzo del Ministerio de Educación y del Ministerio de Economía y Finanzas para superar esa cifra, deberá ser considerada como una meta muy valiosa. Y preocuparse mucho de la importancia de los Directores es una tarea conexa y urgente.
Que los gobiernos regionales (GGRR) concerten un tratamiento similar a la educación, que se refleje especialmente en el presupuesto del año 2013. Los GGRR cuentan con el apoyo de un sistema de seguimiento, asumido por el Consejo Nacional de Educación, sobre la implementación de sus PROYECTOS EDUCATIVOS y saben dónde les aprieta el zapato. Por tanto harían muy bien si buscan coherencia entre sus áreas estratégicas y sus instrumentos de gestión para lograr mejores resultados a lo largo del presente año, mientras preparan y aplican correcciones en el presupuesto del año que viene.
Que el sector Educación cuente con una LEY DE ORGANIZACIÓN Y FUNCIONES y que cada nivel de gobierno tenga claro lo que le corresponde hacer. El mal funcionamiento del sistema educativo peruano también se debe a la indefinición de responsabilidades. La descentralización –que a algunos les disgusta pero nos ayudará a salir adelante - busca desplazar el eje de las responsabilidades hacia los gobiernos sub-nacionales, esencialmente por el razonable “principio de subsidiaridad”. Pero mientras no se tenga por escrito quién es responsable de qué, subsistirán los conflictos y las “sopladas de pluma”. Tal vez la anhelada “matriz de competencias” tenga imperfecciones en sus inicios; pero es preferible lo imperfecto que lo inexistente.
Que se cuente con las primeras experiencias de AUTOEVALUACIÓN de la calidad educativa. La institución encargada de garantizar la calidad educativa y la mejora permanentes de los centros educativos (IPEBA) ya ha sido autorizada para promover la autoevaluación de los planteles que así lo deseen. Es decir, cada institución deberá examinarse para conocer sus propias capacidades en los ámbitos de la dirección institucional, el soporte al desempeño docente, la participación de la familia y la comunidad, el uso de la información, además de la infraestructura y los recursos para el aprendizaje. Nunca antes se ha dado esta experiencia y esta será necesario vivirla con riesgo prudente, sinceridad y tenacidad.
Que la valiosa experiencia del COLEGIO MAYOR “Presidente del Perú” sea tratada con respeto y grandeza. Respeto a casi 900 niñas y niños provenientes de centros estatales, provincianos y pobres en su inmensa mayoría, víctimas claras de la inequidad y la exclusión, de muy alto rendimiento, a quien el Estado – por primera vez- busca tratarlos de una manera proporcional a sus potencialidades. Grandeza, porque la cosas buenas deben continuarse.
Escrito por el consejero Grover Pango
En realidad creo que podríamos sentirnos bastante contentos si, en lo educativo, durante el año 2012 se llegaran a concretar los siguientes hechos:
Que al inicio del año escolar, lo más cercano al 100% DE ESTUDIANTES ESTÉ EN SUS AULAS y cuente desde el primer día con sus profesores. Garantizar esto no es nada fácil, pero será un gran avance intentarlo y registrarlo, de ser posible a nivel regional. También la infraestructura es parte del “éxito del primer día de clases” que se espera, pero no soy tan optimista respecto de la satisfacción en sus resultados.

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¿Es tan difícil tener buenos profesores? (I)

Jueves 26 de Enero de 2012 10:14

Escrito por el consejero Grover Pango

La respuesta es sí. Es muy difícil.
Por varias razones es bastante complicado contar con buenos profesores en la actualidad. La afirmación parece algo presumida, como que pretendiera elevar un prestigio ya perdido y recuperar el valor de una función que cualesquiera puede cumplir. En verdad no es así. Hoy es, casi con seguridad, más difícil formar profesores que antes. ¿Por qué?
Primero porque, efectivamente, hay que sobreponerse a un desprestigio profesional que se ha venido acumulando. De ello se han encargado, en proporciones que el lector queda en libertad de señalar, las magras remuneraciones ofrecidas, las deficientes instituciones formadoras (universidades e institutos), el debilitamiento de las escuelas y colegios (suena mejor que aquello de “instituciones educativas”) y, oh paradoja, los nuevos conocimientos y los grandes avances tecnológicos.
El eje del acto pedagógico se ha trasladado claramente hacia el alumno y también por ello importa ahora más el “aprendizaje” que la “enseñanza”. Se dice que ANTES el protagonista de la educación era el profesor y AHORA lo es el alumno. Por tanto, lo que importa es lo que el alumno es capaz de aprender. De ello debe ocuparse el buen profesor, que hoy requiere ser un hábil generador de situaciones de aprendizaje en favor de sus alumnos. De allí la importancia de “aprender a aprender”.
Precisamente por esto son inmensamente responsables de una deficiente formación profesional las instituciones encargadas de ella. Inmensa responsabilidad especialmente en la llamada “era del conocimiento”, donde la realidad cambia vertiginosamente y lo que ayer era lo último, mañana ya es obsoleto y será reemplazado. No olvidemos que en los últimos 30 años se ha producido más información que en los 500 anteriores.
La prueba verdadera del nuevo docente es una adecuada e intensa PRÁCTICA DOCENTE; sin ella se empobrece la capacidad pedagógica y didáctica de los profesores en formación. Es penoso ver a chicas y chicas, futuros docentes, implorando para realizar las prácticas profesionales que su institución les exige.
También se debe afirmar que existe una relación directamente proporcional entre un buen director/directora de colegio y su personal docente. Se requiere de un liderazgo en la dirección (cualquiera tampoco puede ser director), cuya autoridad debiera ser incuestionable. Es ésta una tarea también impostergable para el Ministerio y sus organismos descentralizados, pues la inestabilidad de los directores atenta contra el buen rendimiento y el prestigio de los colegios.
La respuesta es sí. Es muy difícil.
Por varias razones es bastante complicado contar con buenos profesores en la actualidad. La afirmación parece algo presumida, como que pretendiera elevar un prestigio ya perdido y recuperar el valor de una función que cualesquiera puede cumplir. En verdad no es así. Hoy es, casi con seguridad, más difícil formar profesores que antes. ¿Por qué?
Primero porque, efectivamente, hay que sobreponerse a un desprestigio profesional que se ha venido acumulando. De ello se han encargado, en proporciones que el lector queda en libertad de señalar, las magras remuneraciones ofrecidas, las deficientes instituciones formadoras (universidades e institutos), el debilitamiento de las escuelas y colegios (suena mejor que aquello de “instituciones educativas”) y, oh paradoja, los nuevos conocimientos y los grandes avances tecnológicos.

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