Luis Jaime Cisneros
El valor de la lectura
Jueves 01 de Julio de 2010 17:56
Universidad, enseñanza y aprendizaje
Lunes 21 de Junio de 2010 16:05
Universidades de la nada
Lunes 07 de Junio de 2010 16:50
La libertad de la lectura
Miércoles 02 de Junio de 2010 18:04
El juicio PUCP-Arzobispado
Lunes 24 de Mayo de 2010 18:02
No ha sido fácil explicar a amigos y colegas mi silencio respecto de los problemas judiciales a que hace frente la Católica. Sesenta y dos años de docencia son una historia muy larga para sintetizar todo en unos argumentos de mayor o menor peso, sobre todo cuando, en el fondo del análisis, son años en que la universidad se ha ido transformando y el país ha sido testigo de días de triunfo y días de horror, que la han obligado a asumir una responsabilidad en la que tal vez no pensaron los alumnos de 1917.
Mi opinión importa
Lunes 17 de Mayo de 2010 17:07
“Si tomas, no manejes”, “Tu opinión importa”. Lo leo y lo oigo mientras atravieso diariamente el zanjón. Y sonrío. Sonrío porque pienso en lo que puede importarle a la gente mi opinión sobre el caos de Afganistán, o la grave crisis griega, para no mencionar el desconcierto de los petroaudios. Y sonrío, sobre todo, porque imagino que el que bebe ni siquiera estará en condiciones de leer el aviso, y seguirá manejando. Y vuelvo al ejercicio libre de opinión a que me invita la radio. Este estímulo radial me parece una buena oportunidad para ejercitarnos en decir la verdad. Si de algo debemos curarnos rápidamente es del miedo a decir lo que pensamos. Creer que la verdad tiene un precio distinto del que nos enseñaron es signo de un país que hace de la mentira y el dolo instrumentos de canje y beneficio. Un país que le teme a la verdad no vale la pena de ser vivido, pues no puede mostrar su historia ni tiene porvenir que valga la pena arriesgar.
Cuando comparamos cuánto hemos progresado en ciencias y en tecnología durante el siglo anterior, tomamos conciencia de lo lejos que estamos de la Edad Media y lo cerca de la Revolución Francesa. El progreso aparentemente mecánico revela el extraordinario trabajo de la inteligencia y de la imaginación del hombre. Esfuerzo del músculo y de la mente. Esfuerzo en que lo recibido por tradición y por herencia ha servido, por cierto, de estímulo importante. Hemos progresado porque hemos tomado conciencia de cuánto se podía perfeccionar y de cuánto necesitaba transformarse. Y sobre todo hemos descubierto cuánto podíamos crear con solo poner a trabajar inteligencia e imaginación.
Esta ingenua reflexión suele preceder toda conversación con el alumno que inicia y con el que termina su primera etapa de estudios universitarios, finalizados los Estudios Generales. Me agrada plantear así las cosas, porque permite enfatizar el concepto de ‘carrera’. Bueno es saber que la universidad nos pone en el umbral, pero la carrera es continua, no termina nunca. Se ramifica y extiende en las maestrías, se enriquece con la investigación y la docencia y, llegado el doctorado, se consolida el trabajo en equipo, del que tanto aprendemos.
Iniciada esta conversación, planteadas así las cosas, se impone conversar sobre la originalidad y la tradición, siempre provechosa e inocente discusión académica. Temas a los que un filólogo se ve convocado desde siempre constituyen contacto imprescindible para establecer vínculo estrecho entre alumno y profesor. Así nos enteramos de que las ciencias humanas han progresado gracias a que se ha tenido la valentía de abrir todas las puertas del conocimiento a medida que fue avanzando el siglo XX. Siglo duro, fatigado por el escarmiento: dos guerras mundiales y varias guerras interiores, muchos descubrimientos y una amenazante aparición del Sida. Es verdad que fue también el siglo de los trasplantes y de la conquista del espacio, pero ha sido también el siglo de la escandalosa realidad de Ruanda y del terrorismo. Fue la clonación con la que el siglo mismo se despidió.
Me distrae (y convoca mi atención) un interesante comentario radial. Me entero, así, de que crecen las empresas y crecen también, sin razón, numerosas universidades. Mejor dicho, se está adjudicando categoría universitaria a cualquier centro de estudios cuya calidad se infiere, en buena cuenta, en razón de argumentos tristemente políticos. Y como sigo creyendo que mi razón importa, aprovecho para protestar por la creación irresponsable de más universidades y explicar qué debemos esperar de una institución universitaria. Necesitamos Escuelas Tecnológicas, y no los hay. Necesitamos Institutos de Investigación, y no podrá haberlos mientras se sigan creando universidades de papel maché, que sirven solamente para el discurso y los diplomas de oropel.
Y hay que preguntarse cuáles son las razones que llevan a nuestros políticos a proponer la creación de más universidades. ¿Qué sentido tiene crear instituciones de enseñanza superior, si la realidad de nuestro sistema educativo no alcanza todavía un rango que pudiéramos considerar respetable? Cuántas especialidades tecnológicas necesitamos cubrir, y no pensamos en crear una escuela capaz de encarar esa realidad. Esta es, por ahora, una opinión en marcha.
Mi madre y la lectura
Lunes 10 de Mayo de 2010 16:18
Este domingo va dedicado a la memoria de mi madre, que me enseñó a leer, vía primera de mi preocupación por la cultura. Asumo la lectura porque soy un profesor que desde hace muchos años tengo buena amistad con los libros. Y en vez de hablar de los libros, me resulta más útil hablar de una perspectiva de la lectura, que no suele parecer interesante. Me explico. La lectura es una experiencia que nos depara la lengua. No representa nuestro primer contacto con el lenguaje. Ese contacto primero se da con la lengua oral, que es la lengua de la casa, de la familia, y que es la lengua que esgrimimos para asegurarnos el ‘yo’ que pide, ruega y protesta, y que es la lengua que nos permite tomar contacto con las cosas: la fruta, el pan, la ropa, la leche, el agua. La lengua en que afirmamos y reconocemos a ‘mamá’.
La lengua escrita es el fruto del contacto escolar. Ahí empieza una imagen primera de esta nueva actividad, en cuyo ejercicio podemos empeñar la vida entera. Pero para que tengamos una idea profunda de lo que significa ‘leer’, quiero invitarlos a recordar la etimología de esta palabra. Es decir, su historia. Es verdad que ‘leer’ es una palabra española que proviene del latín. Sus antecedentes más remotos nos remiten a un verbo leggere, verbo que significaba “reconocer el grano de la cosecha”. No era una operación sencilla, porque no se refería al hecho de recoger el grano y guardarlo. Implicaba dos operaciones: la primera consistía en ‘probar’ el grano para ver si estaba en condiciones de convertirse en alimento. La segunda operación, una vez aprobado, consistía en recogerlo. Había, así, una idea de alimentación y provecho corporal. Esa, que es la idea primordial, sigue presidiendo, en todas las lenguas, el significado profundo de ‘leer’. Por eso no nos sorprende que los maestros recomienden la lectura como un tónico espiritual.
Pero quisiera agregar una segunda reflexión. Comprendemos el valor de la lectura cuando llevamos algunos años leyendo textos diversos. La escuela nos ha ofrecido modelos de libros: unos nos han informado sobre la historia o la botánica; otras nos han propuesto reflexiones sobre la aritmética y la geometría. Otros nos han revelado usos artísticos del lenguaje, y entre ellos recordamos buenos ejemplos de cuentos, poemas. Yo recuerdo la simpatía con que los hermanos leíamos un libro de Basadre: “Perú, problema y posibilidad”. En la biografía de todos nosotros suelen aparecer muchos días de amables lecturas o de desagrables textos incomprendidos. Por eso he querido detenerme en estas reflexiones. Y me pregunto qué representa para cada uno de nosotros esta operación de leer, sobre la que nunca nos propuso la escuela un minuto de conversación.
El lenguaje nos sirve para expresar nuestra intimidad, y la lectura nos invita a reavivar esa expresión. La lectura es, por eso, una actividad inteligente que nos permite ahondar en los textos para reanimar el sentido profundo que los anima. Cada vez que leemos, estamos dando vida a la voluntad de comunicación de un hablante. Así, la lectura nos permite actualizar el pasado: cuando leemos El Quijote, lo que revivimos no son las letras con que hace 400 años Cervantes escribió esa obra, sino las ideas y los sentimientos que animaron a Cervantes. Y cuando, al leer un texto, nos sentimos espiritualmente reanimados, convocados a meditar, reconocemos que la lectura es una actividad relacionada desde antiguo con el alimento espiritual.
¿Por qué nos fortalece la lectura? Porque enriquece nuestra capacidad de comprender los textos. Saber leer significa saber penetrar en los textos para aprovechar lo que intencionalmente quiso decirnos el autor. Si acertamos a comprender un texto, debemos felicitarnos porque eso anuncia que somos competentes. Solamente los competentes saben leer.
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