Luis Jaime Cisneros
La Casa de la Memoria
Lunes 21 de Diciembre de 2009 09:13
Escrito por Luis Jaime Cisneros
No ha alcanzado a disminuir el énfasis comercial vinculado con las fiestas navideñas, la ceremonia con que se puso la piedra fundamental de lo que será el Museo de la Memoria. Todavía he oído más voces discordantes. Y he centrado mi reflexión en la idea que tenemos del prójimo. Me pregunto en qué medida el celebrado progreso tecnológico nos ha ayudado a ir modificando (o perfilando) la idea que tenemos del ‘otro’.
Y me pregunto seguidamente si podríamos afirmar, sin avergonzarnos, que cuando hablamos del ‘prójimo’ estamos hablando conscientemente del ‘otro’. Cuando hablo de mi experiencia personal, estoy desconociendo la interpersonal. No nos inquieta carecer de informaciones precisas sobre cuánto y cómo se ha ido desfigurando la imagen del prójimo, ni nos perturba ignorar si en verdad nunca tuvimos clara idea de lo que el prójimo significaba.
¡Ah, si no tengo claras estas cosas, no puedo aplaudir ni oponerme a la creación del Museo de la Memoria! ¿Qué ha significado para nosotros servirnos del nombre del prójimo? Aquí comienza a tener explicación la confusión de tantos. Hay quienes toman el significado de la palabra como si fueran ideas en el sentido kantiano. Cada vez que hemos aludido al prójimo, deberíamos haber analizado si expresábamos ‘todo’, o si apenas hemos logrado una partícula que no alcanzaba a la esencia. ¿Hay o no un sobreentendido (necesario y urgente) cuando se alude al prójimo, o yo sobreentiendo que no todos se hallan en condición de apreciarlo o comprenderlo? Debería admitir entonces que cuando menciono al prójimo no me expreso en tanto que tomo conciencia. Lo digo para que los demás oigan, pero me siento al margen del discurso.
Poco nos dice la escuela sobre el prójimo. Ni siquiera en los cursos de religión aprovechan la ocasión para explicarlo. La primera impresión que ahí se recoge es que aludimos a ‘los otros’. Pero, si se mira bien, ‘los otros’ son los distintos. Por eso es buen ejercicio preguntarnos qué queremos decir (y qué callamos, en verdad) cuando aludimos al prójimo. Poco nos ayuda el diccionario. Leo en Autoridades que, si uso la palabra como sustantivo, “se toma por cualquiera criatura capaz de gozar las Bienaventuranzas”. Lo que puede llevarme a creer que sólo son mis prójimos los que profesan mi fe. Leo también que si oigo que alguien no “tiene próximo a alguien”, están expresando que “alguien es muy duro de corazón”. Y aunque podamos creer que voy aprendiendo el significado, debo reconocer que el lenguaje no me ayuda a compartir la verdad con el hombre. Verdad es que ha ido variando la significación primera de la palabra.
Para algunos vocabularios antiguos, prójimo era ‘el vecino’, ‘el cercano’. Luego resultó ser ‘el de otra nacionalidad’. Más tarde, el significado empeoró, porque era ‘el enemigo’. Pero el prójimo de que habla la Biblia está hecho a nuestra imagen y semejanza, y en él pensaron seguramente los académicos de Autoridades: no es, por lo tanto, ‘el otro’, sino el que ofrece una repetida imagen de mí mismo: de carne y espíritu.
Ahora busco auxilio en mi filología. Ocurre que el prójimo no es un nombre propio, a pesar de que son muchas las personas que podrían ocupar mi imaginación. Habrá quienes defiendan definirlo como ‘cosa innominada’. Pero nadie admitiría que cuando mencionamos al ‘prójimo’ hablamos de ‘fantasma’. Ahí está, afirmando nuestra condición humana. Nos representa, nos alude. Si buscamos recobrar el valor de las humanidades, necesitamos revalorar esta imagen del prójimo. Estamos asignando hoy más importancia a la vida individual del hombre y postergando, y anulando, su vida política y su presencia social. Ahora nos cuesta mencionar al espíritu. Y por cierto, la figura del prójimo se desvanece. Y por eso para muchos los derechos humanos carecen de vigencia, porque no perciben con nitidez cuál es el obligado referente.
Quienes hemos visitado en Alemania campos de concentración hemos logrado interpretar, más tarde, el extraordinario mensaje de la exposición que nos ofreció la CVR en Chorrillos. Ahí en aquellos fríos campos alemanes podíamos vivir de modo distinto las noticias que en la prensa habían alimentado nuestra información. Lo vivido tenía otro sabor, otra vivencia. Por eso yo habría preferido reemplazar la palabra museo por ‘Casa de la Memoria’. Me garantiza una memoria vigente. (La República, 21/12/09).
¡Ah, si no tengo claras estas cosas, no puedo aplaudir ni oponerme a la creación del Museo de la Memoria! ¿Qué ha significado para nosotros servirnos del nombre del prójimo? Aquí comienza a tener explicación la confusión de tantos. Hay quienes toman el significado de la palabra como si fueran ideas en el sentido kantiano. Cada vez que hemos aludido al prójimo, deberíamos haber analizado si expresábamos ‘todo’, o si apenas hemos logrado una partícula que no alcanzaba a la esencia. ¿Hay o no un sobreentendido (necesario y urgente) cuando se alude al prójimo, o yo sobreentiendo que no todos se hallan en condición de apreciarlo o comprenderlo? Debería admitir entonces que cuando menciono al prójimo no me expreso en tanto que tomo conciencia. Lo digo para que los demás oigan, pero me siento al margen del discurso.
Poco nos dice la escuela sobre el prójimo. Ni siquiera en los cursos de religión aprovechan la ocasión para explicarlo. La primera impresión que ahí se recoge es que aludimos a ‘los otros’. Pero, si se mira bien, ‘los otros’ son los distintos. Por eso es buen ejercicio preguntarnos qué queremos decir (y qué callamos, en verdad) cuando aludimos al prójimo. Poco nos ayuda el diccionario. Leo en Autoridades que, si uso la palabra como sustantivo, “se toma por cualquiera criatura capaz de gozar las Bienaventuranzas”. Lo que puede llevarme a creer que sólo son mis prójimos los que profesan mi fe. Leo también que si oigo que alguien no “tiene próximo a alguien”, están expresando que “alguien es muy duro de corazón”. Y aunque podamos creer que voy aprendiendo el significado, debo reconocer que el lenguaje no me ayuda a compartir la verdad con el hombre. Verdad es que ha ido variando la significación primera de la palabra.
Para algunos vocabularios antiguos, prójimo era ‘el vecino’, ‘el cercano’. Luego resultó ser ‘el de otra nacionalidad’. Más tarde, el significado empeoró, porque era ‘el enemigo’. Pero el prójimo de que habla la Biblia está hecho a nuestra imagen y semejanza, y en él pensaron seguramente los académicos de Autoridades: no es, por lo tanto, ‘el otro’, sino el que ofrece una repetida imagen de mí mismo: de carne y espíritu.
Ahora busco auxilio en mi filología. Ocurre que el prójimo no es un nombre propio, a pesar de que son muchas las personas que podrían ocupar mi imaginación. Habrá quienes defiendan definirlo como ‘cosa innominada’. Pero nadie admitiría que cuando mencionamos al ‘prójimo’ hablamos de ‘fantasma’. Ahí está, afirmando nuestra condición humana. Nos representa, nos alude. Si buscamos recobrar el valor de las humanidades, necesitamos revalorar esta imagen del prójimo. Estamos asignando hoy más importancia a la vida individual del hombre y postergando, y anulando, su vida política y su presencia social. Ahora nos cuesta mencionar al espíritu. Y por cierto, la figura del prójimo se desvanece. Y por eso para muchos los derechos humanos carecen de vigencia, porque no perciben con nitidez cuál es el obligado referente.
Quienes hemos visitado en Alemania campos de concentración hemos logrado interpretar, más tarde, el extraordinario mensaje de la exposición que nos ofreció la CVR en Chorrillos. Ahí en aquellos fríos campos alemanes podíamos vivir de modo distinto las noticias que en la prensa habían alimentado nuestra información. Lo vivido tenía otro sabor, otra vivencia. Por eso yo habría preferido reemplazar la palabra museo por ‘Casa de la Memoria’. Me garantiza una memoria vigente. (La República, 21/12/09).





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