Patricia Salas O'Brien

Una secundaria de calidad: una tarea pendiente

Escrito por: Patricia Salas O`Brien
Quiero comenzar por  algunas  reflexiones que me suscita el  cuadro que acompaña el documento de convocatoria,   la primera es,  la confirmación que la mayor deuda está en brindar buena educación a los más pobres, a las personas que viven en áreas rurales y a las que provienen de familias de menor escolaridad; esta es una situación que me gustaría ver desde dos ángulos, el del rol o la importancia de lo rural para nuestros países y desde   las   posibilidades   de   representación   y   negociación   política   en nuestros países, en particular de los más pobres.
El contexto desde el que desarrollaré las ideas, es la realidad peruana y el hecho de que  tenemos  una política  de Estado en educación,   las   idas, vueltas y omisiones luego de su aprobación por el gobierno peruano, así como los esfuerzos de gobiernos regionales e instituciones diversas en el país por lograr cambios educativos.   Procesos que he podido acompañar desde  mi   condición   de  miembro   del   Consejo   Nacional   de   Educación, institución   que   impulsara   la   formulación   concertada   del   Proyecto Educativo  Nacional y es responsable de su seguimiento y vigilancia.

LO RURAL YA NO TIENE UN LUGAR EN EL MUNDO, NI EN LAS MENTES DE
LAS PERSONAS


Desde la colonia y los inicios de la República, el agro, en el Perú sólo tuvo importancia en la medida que estuviera ligado al circuito exportador, sea para   la  manutención   de   las   personas   que   trabajaban   en   los   grandes asentamientos mineros o,  sea por   la gran cadena de agro exportación, asociada a la caña de azúcar, el algodón, la lana o el caucho.
Entrado el siglo XX, recorrió el continente, el impulso industrializador.   El ideal   del   progreso,   de  modernidad,   consistía   en   convertirse   en   una sociedad urbana e industrial; esa fue la visión de futuro que compartimos
todos y que dejó al agro, en un rol subsidiario y poco deseado.Pero, por supuesto no se trataba sólo de un tipo de actividad productiva, sino de elegir  un modo de vida,  el  urbano occidental,  marcado por  el mercado,  el  consumo,   la homogeneidad y  la comodidad y,  no hay que soslayarlo, marcado también por el acceso a la ciudadanía, a los derechos.
Entonces lo rural y ya no solo lo agrario, dejaba de tener sentido, era lo que representaba el atraso, tanto en sus componentes socio económicos como en los culturales.   Sólo a manera de ejemplo, recordaremos que en el   Perú a  finales   de  los  60,   el  24 de  junio,   una   fecha de  celebración nacional, cambió su nominación de Día del Indio a Día del Campesino, en un acto que, para el gobierno y los aires de entonces, estoy segura que
fue un gesto inclusivo, pero que visto en perspectiva, se puede leer como la   abolición   de   lo   indígena   como   cultura,   como   proyecto   social,   para reducirlo a una categoría  laboral,  económica,  acorde con los tiempos de
modernidad impulsado por el Modelo de sustitución de importaciones.
Fue muy efectivo, nadie quiere ser agricultor,  ni campesino,  ni rural;  las personas que viven en las áreas rurales, lo que aspiran es a migrar, y ven la educación como uno de los elementos para cumplir ese propósito, o la
motivación para tomar la decisión.  En  las zonas rurales es muy común escuchar a  los padres y madres de
familia, declarar que envían a sus hijos a la escuela para que “…no sean como ellos…”; lo cual no es exclusivo de familias muy pobres o de lugares muy   alejados   de   la   ciudad,   la  misma   declaración   la   hacen   pequeños
agricultores, articulados al mercado.  De la misma manera hemos encontrado que la ruta de migración en busca
de mejor oferta educativa se ha acortado.   Lo común hace 25 ó 30 años era que las familias con mejores posibilidades, enviaran a sus hijos e hijas a  la  ciudad más   cercana en busca de educación  superior;  ello estaba
acompañado de  la migración al  pueblo más   cercano donde había una secundaria; pues eso ya no es suficiente, ahora se envía a los jóvenes a terminar la secundaria a la ciudad capital de la región, con la idea de que aumentarán sus posibilidades de acceso a la educación superior.
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